La niebla ya se había condensado cubriéndolo todo y la fría brisa de la noche me golpeaba sutilmente la cara. La luna no pudo escapar de aquel denso manto que todo lo opacaba, quedando sumergida en él. El piso hecho de oscuras tablas de madera rechinaba debajo de mis pies como si unas fuertes manos trataran tozudamente de retorcerlo. Aquel insistente crujir era el único sonido que se unía al golpetear de las olas en las costillas de la embarcación. Ya habían pasado cinco días después de lo ocurrido con la nave en donde viajaba primeramente.
Malditos piratas. Nada quedó del Crooked Sands más que pedazos humeantes flotando en medio de la nada de aquel verdoso y oscuro mar. Quién sabe donde irían a parar. No me imagino dónde. Mi mente solo elige recordar lo brutal del ataque. El estallido de los cañones justo a un lado de la nave, los pasos agigantados del ir y venir de los grumetes, desesperados por responder la acometida cargando consigo las pesadas metrallas (algunos las dejaban caer, rodándolas luego para ganar tiempo e introducirlas en los incansables morteros), el sonido chirriante, fragoso, que producía la madera al quebrarse con cada golpe que recibía y las vibraciones debajo de mis pies, producto de las respuestas de la artillería, aún persisten en mis oídos. Todo se me quedó empotrado en la memoria. No he podido muy bien reposar la cabeza y cerrar los ojos cuando vuelvo a escuchar aquel estruendo y el fárrago a mi alrededor que hace sentarme sobre la cama con el pecho cabalgando como el de un venadillo cuando se ve acorralado por su depredador.
Mis movimientos, en aquel instante lleno de desesperanza, eran involuntarios. Instintivos. La razón no tuvo cabida en mí en los pocos minutos que duró la contienda. Solo intentaba hacer lo posible para preservar la vida. Pensé por un instante en que la perdería; que todo acabaría para mí como acababa para aquellos que caían a mi lado. Aquellos que vieron en mí una esperanza de vida, en mis acciones, y solo les quedaba exhalar el último débil céfiro que restaba en sus entrañas para luego quedar inertes entre mis brazos, con los ojos bien abiertos clavados en mí. Jamás podré olvidar aquellas miradas, aquellos valientes hombres.
De toda la reyerta, el clímax fue lo que más me impactó. La voz del capitán alentando a sus hombres a levantarse y pelear, no solo por sus vidas, sino, por su honor, se me quedó grabada en la cabeza como cuando mencionaron mi nombre informándome que acompañaría a la flota a realizar semejante travesía. El tesón de aquel hombre lo escoltó hasta el último momento de su honrosa muerte. Aún viéndose a sí mismo asido a las garras de la oscura transición, trató de proteger a los suyos sin medir las nefastas consecuencias.
“¡Oh capitán, mi capitán!”, le hubiese susurrado [1]Wilde a aquel hombre sosteniéndole la espalda ayudándole a tenderse sobre el frío lecho de madera que se deshacía con cada voladura que recibía, esperando escuchar las últimas palabras de coraje y valentía de su valeroso adalid para así armarse de valor y morir luchando.
Yo, lamentablemente, no pude hacer nada por mi capitán. Solo lo vi caer de rodillas, a centímetros de mí. Se llevaba una mano debajo del estomago mientras que con la otra sostenía su sable y lo clavaba en el lomo del bastimento intentando sostenerse, para así evitar caer de bruces. Mis esperanzas de vencer sobre aquellos bárbaros se esfumaron cuando vi salir de su vientre el rojo de la sangre, escabulléndose entre sus dedos. Me paralicé. Simplemente, no supe que hacer. Mis reflejos no compaginaron con mis conocimientos médicos. El bravío adalid pretendió ponerse de pie, pero las piernas no le acompañaron en su intención. Solo pudo sacar fuerzas para arrastrarse y reposar su envés contra lo poco que quedaba de la baranda de la proa; me miró y con un gesto me hizo saber que ya todo estaba perdido. Se aferró a su reluciente florete y en un instante, un lago de sangre se formó debajo de él para luego servirle de sabana. El aguerrido capitán cerró sus ojos y jamás los volvió a abrir. ¡Oh, capitán, mi capitán!
Mi mente se nubló por un mínimo instante y, como mencioné anteriormente, todo duró unos cuantos minutos. La nave muy pronto sucumbió a los desgarradores golpes en sus entrañas; en un segundo, la embarcación se quebró en dos como cuando una enorme sandía es arrojada contra el suelo y sus restos se esparcen por los aires. Mi posición en la proa me aventajó sobre aquellos en medio de la cubierta, quienes se llevaron la peor parte; pero aún así, salí disparado hacia las fauces del bravío mar. No sé cuanto tiempo duré sumergido en las iracundas y frías aguas; solo recuerdo el seco sonido de la quilla al terminar de quebrarse, los pedazos de madera clavándose en el vientre marino (para lentamente salir de nuevo a flote) y el lejano efusivo aquelarre de los vencedores.
Días después, todo empezó a apaciguarse en mí luego de que (y gracias a que en la balanza de la vida el deseo de escapar de mi indudable final tuvo mayor ímpetu que las afiladas garras de la muerte) aquella embarcación se topara con mi desgarbado ser y me rescatara de la acuosa tumba.
Ahora, me encontraba yo en cubierta envuelto en una interesante conversación con el capitán de aquella nave. Su porte era muy distinto al de mi apreciado adalid. Un sexagenario alto y delgado en extremo, de barba espesa grisácea y, aunque su traje de gules indiscutiblemente le pintaba su marcial jerarquía, parecía poseer un aire de monarca nómada. Sus ojos, perdidos en una inmensidad inexistente, le sobresalían del talante a tal grado de parecer que en algún momento saldrían rodando por los canales de sus hundidas mejillas.
La mirada perdida de aquel hombre delante de mí me demandó la concentración que ameritaba nuestra conversación. No recuerdo muy bien como llegamos a tocar el tema, pero claramente recuerdo sus palabras. Su huesuda mano hacía lentos movimientos circulares dirigiendo la cucharilla que sostenía (sin siquiera tocar los bordes de la taza de porcelana blanca), tratando de unir bien el humeante té con la viscosa miel. Yo ya llevaba el mío a la mitad.
—Escúcheme bien, mi estimado Doctor —me dijo dándole luego un sorbo a su té—; el sabio se vale de lo torpe que puede llegar a ser su astuto adversario —sonrió.
Aquellas palabras dieron vueltas en mi cabeza y en un segundo se unieron al bamboleo del barco en un perfecto equilibrio.
— ¿Pero no cree usted que sacar provecho de la impericia del que se hace llamar astuto nos vuelve viles? —le pregunté.
El capitán me miró por un instante y luego hundió su espeso bigote en la taza remojándolo en el caliente líquido. Tragó y acto seguido volvió a sonreír.
—Ha dado usted en el clavo, mi querido amigo —me respondió.
Una vez más me quedé en silencio tratando de descifrar aquellas palabras e inexplicablemente aquel rechinar debajo de mis pies también silenció, o eso me pareció en el momento. Solo el bamboleo de la nave persistía. El capitán dio otro sorbo y volvió a poner la mirada en la densa niebla que adornaba la noche y que conducía la embarcación como si la llevara en hombros.
—Haré valer mis palabras, Doctor —señaló rompiendo el silencio—. Le contaré una interesante historia.
Lo miré fijamente y solo me quedó hacer un gesto con la cabeza dándole a entender que lo escucharía con mesurada atención. El capitán levantó su mano a un lado de su cara y luego juntó los dedos índice y anular haciendo una seña.
Inesperadamente, de una oscura esquina de la cubierta, un macilento individuo (cuya vestimenta me pareció estar hecha toda de harapos) surgió como un soplido. Los retazos se bamboleaban con cada sutil ráfaga de viento, emulando a un asechador pulpo en plena danza submarina. En aquel momento la vista me jugó una mala pasada con respecto a la piel de aquel hombre. Parecía ser de un color gris opaco, pero luego aquel tenue matiz lo atribuí rápidamente al reflejo de la luz de la luna que inexplicablemente alumbró la cubierta acompañando la aparición en escena del esquelético ser de cuyos pasos, lentos y pesados, no quiero acordarme.
Me aterré, por qué no decirlo, y el corazón me latió en la garganta desbocadamente cuando el enclenque se detuvo delante de mí. Sus enormes ojos, enrojecidos por la brisa marina, se clavaron extrañamente en los míos buscando detallar mis pensamientos; luego desvió su inquisidora mirada hacia su capitán, bajándola rápidamente. El repentino movimiento de sus manos al extenderlas hacia su guía me hizo parpadear. La taza del adalid aún contenía un poco de aquel cálido líquido y osciló al pasar a las manos del extraño ser. Hizo lo propio conmigo, pero el temor me había entumecido congelándome las articulaciones y tardé unos segundos en responder a su petición. Al final fui ayudado por el oportuno aclarar de garganta del anciano comandante, haciéndome salir de la perlesía y así complacer la petición.
Una vez que el sombrío ser hubo cumplido con su labor en aquel incómodo momento, se retiró apaciguadamente encorvando su cuerpo emulando el caminar del cangrejo. Las sombras de aquel rincón del cual había hecho acto de aparición lo envolvieron cual embebedora sabana…
continúa...
[1] Oscar Wilde, escritor Irlandés quien dedicara su poema “Oh, Captain my Captain” a Abraham Lincoln luego de su asesinato. Nota del Autor.

Hola! Llegué hasta aquí a través de NetworkedBlogs y como me ha gustado mucho, te dejé un premio-regalo en mi blog.
ResponderEliminarSaludos y nos estaremos leyendo!
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