martes, 28 de julio de 2009

Los Ojos del Armario

Allí estaban, una vez más, aquellas sombras siniestras. La espectral danza se hacía pesadamente repetitiva a cada arribo de la fría noche, pero siempre con un nuevo y espeluznante personaje en escena. Hablar con el ángel de la guarda parecía ser una pérdida de tiempo, pero aun así, el pequeño William lo hacía una y otra vez con la esperanza de que algún día el incansable guardián pudiera, de una vez por todas, acabar con todo aquello. A sus ocho inocentes años, le costaba pensar cómo la felicidad del día se convertía en agonía al caer aquel oscuro manto sobre el firmamento. Y es que no se podía explicar cómo la belleza de la claridad, que se colaba por la ventana de su cuarto y alumbraba con indescriptible esplendor sus juguetes favoritos, se tornaba sombría y aterradora con la llegada de la noche.

Aquel día, camino a casa de regreso de la escuela, William, cabizbajo, hablaba consigo mismo. De reojo miraba hacia los lados; preocupado, más bien atormentado.

— ¿Por qué tiene que pasarme esto? —se preguntó—. No es justo —movió la cabeza de un lado a otro—. ¿Por qué no puedo disfrutar de la claridad del día más tiempo con mis amigos? —inquirió tratando de sacarse de la cabeza la imagen fría y gris de su habitación.

En un instante, con la mirada perdida cual autómata, dobló la esquina y en lo que tarda un pestañeo, se encontró de pie en medio de aquel cuarto. Tenue. Helado.

El reflejo de la rama seca de un árbol se proyectaba al doble de su tamaño en la pared, cerca de su barco de vela que su padre le regaló cuando cumplió cinco. Asemejaba la mano esquelética de una anciana tratando de alcanzar el techo y que luego parecía doblarse con intenciones de tomarlo por su cabello castaño claro, que en ese instante se tornaba pálido al igual que su semblante.

Impulsado por el miedo, William rápidamente saltó a su cama y se protegió con sus sábanas blancas que empezaban a teñirse de gris por el bamboleante floreo de las sombras. Con la mitad del rostro hundido en la almohada, y acanalando la sábana que le cubría la otra mitad, hizo un agujero que sólo su pequeño ojo podía resaltar. Exploró con mesura su cuarto.

—Esto no está pasando. No puede estar pasando —susurró tembloroso. Su voz se agudizó con el pánico—. Mi lámpara. ¿Dónde está?... ¡¿Es ese un duende parado sobre mi mesa?! —deliberó— ¿Mis pantuflas de conejos? —indagó— ¡Tarántulas..., d-d-dientes afilados! —dijo sobresaltándose al ver aquel par de oscuros arácnidos acercársele.

Will trató de llamar a sus padres, pero apenas un soplido ahogado salió de su garganta.

¿Porqué la oscuridad le da vida a todo? —se preguntó— Hace que todo me aterre: mis juguetes, la sombra de la ventana y... ¡ese armario! Nada me aterra más que ese viejo armario.

El armario de la abuela. No se explicaba el por qué sus padres habían aceptado aquel “regalo”. Una de sus puertas, que quedaba entreabierta, siempre dejaba ver un par de ojos brillantes y saltones semejantes a los de un sapo, los cuales le congelaban la sangre al pequeño.

¿Por qué me miras? —susurró aún con miedo— ¿Qué te he hecho?

De pronto, ante su desencajado rostro y como contestando a sus preguntas, la puerta del armario empezó a crujir. Se abría lenta y misteriosamente.

Súbitamente, el estruendoso ronquido de la corneta de un enorme y destartalado camión situó al niño en medio de la calle. Como halado por los pies, se encontró parado allí. Los autos le rozaban su mochila y sus piernas parecían hojas secas que el viento hacía traquetear.

— ¡Eh, muchacho! —gruñó un taxista— ¿Acaso eres huérfano?... ¡Apártate!

El bramido terminó por despertarlo de su letargo. De un brinco llegó hasta la acera de enfrente y luego corrió tres cuadras hasta su vecindario, sin parar ni mirar atrás.

Al estar cerca de su casa, se detuvo enfrente de sus vecinos divisando a lo lejos aquel árbol seco y esquelético. Tomó una roca y la lanzó. Dio un golpe sólido en la base del tronco y gritó:

— ¡¡¡CORTEN ESE MALDITO ÁRBOL!!!

...

Una vez más, llegó la oscuridad. Los padres de William le despidieron con el beso de las buenas noches. Él no hablaba mucho con ellos, pero tal vez, esa sería la oportunidad para hacerlo.

Al apagar la luz y proceder a cerrar la puerta, escucharon hablar al chico:

— ¡Mamá..., papá! —dijo con voz suave, como quien dice un secreto.

— ¿Qué ocurre hijo? —replicaron casi al unísono encendiendo la luz.

Ambos se sentaron uno a cada lado de la cama.

¡La oscuridad le da ojos al armario de la abuela! —dijo señalándolo.

—Eso es imposible, tesoro —señaló su madre—. La oscuridad no tiene vida ni puede dar vida.

—Entonces, ¿por qué el armario me mira en la oscuridad? —demandó el niño.

Su padre, dirigiéndose al armario y abriendo ambas puertas, exclamó:

¡OJOS! —bromeó— Es solo Honey, tu oso de peluche —remató entre risas— ¿Recuerdas que la tía Ann te lo regaló hace un año antes de... subir al cielo? —concluyó con voz apagada.

Su madre, al ver aquel oso de peluche de ojos saltones y sonrisa de medio lado, completó casi atropelladamente:

— ¡Cariño! —dirigiéndose a Will—, olvidé decirte que esta mañana lo saqué debajo de tu cama y lo coloqué allí. Estará mejor en el armario.

—Bien —dijo su padre cerrando las puertas del armatoste—, aclarado el asunto; ya puedes dormir tranquilo.

— ¡Sí! —exclamó el chico— Pero antes —continuó—, léeme un cuento.

Su padre tomó un libro blanco de la mesita de noche y procedió a leerlo. Algo relacionado con un niño y un lobo, mientras, su madre, le acariciaba una de sus cejas para acelerarle el sueño. William, en cuestión de minutos, se quedó dormido.

Luego, apagando la luz, salieron del cuarto hablando en susurros de la imaginación de un niño de ocho años.

La noche en todo su esplendor abrazó a William, arropándolo entre sus sábanas que reflejaban la blancura en su delicada faz. El lugar quedó en un acogedor silencio. Ya nada parecía tan sombrío en el espacio. La rama seca de aquel árbol sólo era eso, una rama seca. Su lámpara de la mesita ya no era aquel duende que yacía parado, amenazante. Ni sus pantuflas de conejos parecían tarántulas de dientes afilados.

El aire frío se coló suavemente por la ventana haciendo oscilar las delicadas cortinas cerca de la cabecera de la cama del inocente niño, llenando de tranquilidad la habitación. En aquel momento todo, todo cuanto rodeaba a William hubiese quedado sumergido en el sedativo silencio de la noche de no haber sido por el repentino y escalofriante rechinar de la puerta del armario, siendo abierta por aquel oso de peluche de ojos saltones y sonrisa de medio lado.