miércoles, 12 de agosto de 2009

La Risa de la Hiena

La niebla ya se había condensado cubriéndolo todo y la fría brisa de la noche me golpeaba sutilmente la cara. La luna no pudo escapar de aquel denso manto que todo lo opacaba, quedando sumergida en él. El piso hecho de oscuras tablas de madera rechinaba debajo de mis pies como si unas fuertes manos trataran tozudamente de retorcerlo. Aquel insistente crujir era el único sonido que se unía al golpetear de las olas en las costillas de la embarcación. Ya habían pasado cinco días después de lo ocurrido con la nave en donde viajaba primeramente.

Malditos piratas. Nada quedó del Crooked Sands más que pedazos humeantes flotando en medio de la nada de aquel verdoso y oscuro mar. Quién sabe donde irían a parar. No me imagino dónde. Mi mente solo elige recordar lo brutal del ataque. El estallido de los cañones justo a un lado de la nave, los pasos agigantados del ir y venir de los grumetes, desesperados por responder la acometida cargando consigo las pesadas metrallas (algunos las dejaban caer, rodándolas luego para ganar tiempo e introducirlas en los incansables morteros), el sonido chirriante, fragoso, que producía la madera al quebrarse con cada golpe que recibía y las vibraciones debajo de mis pies, producto de las respuestas de la artillería, aún persisten en mis oídos. Todo se me quedó empotrado en la memoria. No he podido muy bien reposar la cabeza y cerrar los ojos cuando vuelvo a escuchar aquel estruendo y el fárrago a mi alrededor que hace sentarme sobre la cama con el pecho cabalgando como el de un venadillo cuando se ve acorralado por su depredador.

Mis movimientos, en aquel instante lleno de desesperanza, eran involuntarios. Instintivos. La razón no tuvo cabida en mí en los pocos minutos que duró la contienda. Solo intentaba hacer lo posible para preservar la vida. Pensé por un instante en que la perdería; que todo acabaría para mí como acababa para aquellos que caían a mi lado. Aquellos que vieron en mí una esperanza de vida, en mis acciones, y solo les quedaba exhalar el último débil céfiro que restaba en sus entrañas para luego quedar inertes entre mis brazos, con los ojos bien abiertos clavados en mí. Jamás podré olvidar aquellas miradas, aquellos valientes hombres.

De toda la reyerta, el clímax fue lo que más me impactó. La voz del capitán alentando a sus hombres a levantarse y pelear, no solo por sus vidas, sino, por su honor, se me quedó grabada en la cabeza como cuando mencionaron mi nombre informándome que acompañaría a la flota a realizar semejante travesía. El tesón de aquel hombre lo escoltó hasta el último momento de su honrosa muerte. Aún viéndose a sí mismo asido a las garras de la oscura transición, trató de proteger a los suyos sin medir las nefastas consecuencias.

“¡Oh capitán, mi capitán!”, le hubiese susurrado [1]Wilde a aquel hombre sosteniéndole la espalda ayudándole a tenderse sobre el frío lecho de madera que se deshacía con cada voladura que recibía, esperando escuchar las últimas palabras de coraje y valentía de su valeroso adalid para así armarse de valor y morir luchando.

Yo, lamentablemente, no pude hacer nada por mi capitán. Solo lo vi caer de rodillas, a centímetros de mí. Se llevaba una mano debajo del estomago mientras que con la otra sostenía su sable y lo clavaba en el lomo del bastimento intentando sostenerse, para así evitar caer de bruces. Mis esperanzas de vencer sobre aquellos bárbaros se esfumaron cuando vi salir de su vientre el rojo de la sangre, escabulléndose entre sus dedos. Me paralicé. Simplemente, no supe que hacer. Mis reflejos no compaginaron con mis conocimientos médicos. El bravío adalid pretendió ponerse de pie, pero las piernas no le acompañaron en su intención. Solo pudo sacar fuerzas para arrastrarse y reposar su envés contra lo poco que quedaba de la baranda de la proa; me miró y con un gesto me hizo saber que ya todo estaba perdido. Se aferró a su reluciente florete y en un instante, un lago de sangre se formó debajo de él para luego servirle de sabana. El aguerrido capitán cerró sus ojos y jamás los volvió a abrir. ¡Oh, capitán, mi capitán!

Mi mente se nubló por un mínimo instante y, como mencioné anteriormente, todo duró unos cuantos minutos. La nave muy pronto sucumbió a los desgarradores golpes en sus entrañas; en un segundo, la embarcación se quebró en dos como cuando una enorme sandía es arrojada contra el suelo y sus restos se esparcen por los aires. Mi posición en la proa me aventajó sobre aquellos en medio de la cubierta, quienes se llevaron la peor parte; pero aún así, salí disparado hacia las fauces del bravío mar. No sé cuanto tiempo duré sumergido en las iracundas y frías aguas; solo recuerdo el seco sonido de la quilla al terminar de quebrarse, los pedazos de madera clavándose en el vientre marino (para lentamente salir de nuevo a flote) y el lejano efusivo aquelarre de los vencedores.

Días después, todo empezó a apaciguarse en mí luego de que (y gracias a que en la balanza de la vida el deseo de escapar de mi indudable final tuvo mayor ímpetu que las afiladas garras de la muerte) aquella embarcación se topara con mi desgarbado ser y me rescatara de la acuosa tumba.

Ahora, me encontraba yo en cubierta envuelto en una interesante conversación con el capitán de aquella nave. Su porte era muy distinto al de mi apreciado adalid. Un sexagenario alto y delgado en extremo, de barba espesa grisácea y, aunque su traje de gules indiscutiblemente le pintaba su marcial jerarquía, parecía poseer un aire de monarca nómada. Sus ojos, perdidos en una inmensidad inexistente, le sobresalían del talante a tal grado de parecer que en algún momento saldrían rodando por los canales de sus hundidas mejillas.

La mirada perdida de aquel hombre delante de mí me demandó la concentración que ameritaba nuestra conversación. No recuerdo muy bien como llegamos a tocar el tema, pero claramente recuerdo sus palabras. Su huesuda mano hacía lentos movimientos circulares dirigiendo la cucharilla que sostenía (sin siquiera tocar los bordes de la taza de porcelana blanca), tratando de unir bien el humeante té con la viscosa miel. Yo ya llevaba el mío a la mitad.

Escúcheme bien, mi estimado Doctor me dijo dándole luego un sorbo a su té—; el sabio se vale de lo torpe que puede llegar a ser su astuto adversario —sonrió.

Aquellas palabras dieron vueltas en mi cabeza y en un segundo se unieron al bamboleo del barco en un perfecto equilibrio.

— ¿Pero no cree usted que sacar provecho de la impericia del que se hace llamar astuto nos vuelve viles? —le pregunté.

El capitán me miró por un instante y luego hundió su espeso bigote en la taza remojándolo en el caliente líquido. Tragó y acto seguido volvió a sonreír.

—Ha dado usted en el clavo, mi querido amigo —me respondió.

Una vez más me quedé en silencio tratando de descifrar aquellas palabras e inexplicablemente aquel rechinar debajo de mis pies también silenció, o eso me pareció en el momento. Solo el bamboleo de la nave persistía. El capitán dio otro sorbo y volvió a poner la mirada en la densa niebla que adornaba la noche y que conducía la embarcación como si la llevara en hombros.

—Haré valer mis palabras, Doctor —señaló rompiendo el silencio—. Le contaré una interesante historia.

Lo miré fijamente y solo me quedó hacer un gesto con la cabeza dándole a entender que lo escucharía con mesurada atención. El capitán levantó su mano a un lado de su cara y luego juntó los dedos índice y anular haciendo una seña.

Inesperadamente, de una oscura esquina de la cubierta, un macilento individuo (cuya vestimenta me pareció estar hecha toda de harapos) surgió como un soplido. Los retazos se bamboleaban con cada sutil ráfaga de viento, emulando a un asechador pulpo en plena danza submarina. En aquel momento la vista me jugó una mala pasada con respecto a la piel de aquel hombre. Parecía ser de un color gris opaco, pero luego aquel tenue matiz lo atribuí rápidamente al reflejo de la luz de la luna que inexplicablemente alumbró la cubierta acompañando la aparición en escena del esquelético ser de cuyos pasos, lentos y pesados, no quiero acordarme.

Me aterré, por qué no decirlo, y el corazón me latió en la garganta desbocadamente cuando el enclenque se detuvo delante de mí. Sus enormes ojos, enrojecidos por la brisa marina, se clavaron extrañamente en los míos buscando detallar mis pensamientos; luego desvió su inquisidora mirada hacia su capitán, bajándola rápidamente. El repentino movimiento de sus manos al extenderlas hacia su guía me hizo parpadear. La taza del adalid aún contenía un poco de aquel cálido líquido y osciló al pasar a las manos del extraño ser. Hizo lo propio conmigo, pero el temor me había entumecido congelándome las articulaciones y tardé unos segundos en responder a su petición. Al final fui ayudado por el oportuno aclarar de garganta del anciano comandante, haciéndome salir de la perlesía y así complacer la petición.

Una vez que el sombrío ser hubo cumplido con su labor en aquel incómodo momento, se retiró apaciguadamente encorvando su cuerpo emulando el caminar del cangrejo. Las sombras de aquel rincón del cual había hecho acto de aparición lo envolvieron cual embebedora sabana…

continúa...



[1] Oscar Wilde, escritor Irlandés quien dedicara su poema “Oh, Captain my Captain” a Abraham Lincoln luego de su asesinato. Nota del Autor.

martes, 28 de julio de 2009

Los Ojos del Armario

Allí estaban, una vez más, aquellas sombras siniestras. La espectral danza se hacía pesadamente repetitiva a cada arribo de la fría noche, pero siempre con un nuevo y espeluznante personaje en escena. Hablar con el ángel de la guarda parecía ser una pérdida de tiempo, pero aun así, el pequeño William lo hacía una y otra vez con la esperanza de que algún día el incansable guardián pudiera, de una vez por todas, acabar con todo aquello. A sus ocho inocentes años, le costaba pensar cómo la felicidad del día se convertía en agonía al caer aquel oscuro manto sobre el firmamento. Y es que no se podía explicar cómo la belleza de la claridad, que se colaba por la ventana de su cuarto y alumbraba con indescriptible esplendor sus juguetes favoritos, se tornaba sombría y aterradora con la llegada de la noche.

Aquel día, camino a casa de regreso de la escuela, William, cabizbajo, hablaba consigo mismo. De reojo miraba hacia los lados; preocupado, más bien atormentado.

— ¿Por qué tiene que pasarme esto? —se preguntó—. No es justo —movió la cabeza de un lado a otro—. ¿Por qué no puedo disfrutar de la claridad del día más tiempo con mis amigos? —inquirió tratando de sacarse de la cabeza la imagen fría y gris de su habitación.

En un instante, con la mirada perdida cual autómata, dobló la esquina y en lo que tarda un pestañeo, se encontró de pie en medio de aquel cuarto. Tenue. Helado.

El reflejo de la rama seca de un árbol se proyectaba al doble de su tamaño en la pared, cerca de su barco de vela que su padre le regaló cuando cumplió cinco. Asemejaba la mano esquelética de una anciana tratando de alcanzar el techo y que luego parecía doblarse con intenciones de tomarlo por su cabello castaño claro, que en ese instante se tornaba pálido al igual que su semblante.

Impulsado por el miedo, William rápidamente saltó a su cama y se protegió con sus sábanas blancas que empezaban a teñirse de gris por el bamboleante floreo de las sombras. Con la mitad del rostro hundido en la almohada, y acanalando la sábana que le cubría la otra mitad, hizo un agujero que sólo su pequeño ojo podía resaltar. Exploró con mesura su cuarto.

—Esto no está pasando. No puede estar pasando —susurró tembloroso. Su voz se agudizó con el pánico—. Mi lámpara. ¿Dónde está?... ¡¿Es ese un duende parado sobre mi mesa?! —deliberó— ¿Mis pantuflas de conejos? —indagó— ¡Tarántulas..., d-d-dientes afilados! —dijo sobresaltándose al ver aquel par de oscuros arácnidos acercársele.

Will trató de llamar a sus padres, pero apenas un soplido ahogado salió de su garganta.

¿Porqué la oscuridad le da vida a todo? —se preguntó— Hace que todo me aterre: mis juguetes, la sombra de la ventana y... ¡ese armario! Nada me aterra más que ese viejo armario.

El armario de la abuela. No se explicaba el por qué sus padres habían aceptado aquel “regalo”. Una de sus puertas, que quedaba entreabierta, siempre dejaba ver un par de ojos brillantes y saltones semejantes a los de un sapo, los cuales le congelaban la sangre al pequeño.

¿Por qué me miras? —susurró aún con miedo— ¿Qué te he hecho?

De pronto, ante su desencajado rostro y como contestando a sus preguntas, la puerta del armario empezó a crujir. Se abría lenta y misteriosamente.

Súbitamente, el estruendoso ronquido de la corneta de un enorme y destartalado camión situó al niño en medio de la calle. Como halado por los pies, se encontró parado allí. Los autos le rozaban su mochila y sus piernas parecían hojas secas que el viento hacía traquetear.

— ¡Eh, muchacho! —gruñó un taxista— ¿Acaso eres huérfano?... ¡Apártate!

El bramido terminó por despertarlo de su letargo. De un brinco llegó hasta la acera de enfrente y luego corrió tres cuadras hasta su vecindario, sin parar ni mirar atrás.

Al estar cerca de su casa, se detuvo enfrente de sus vecinos divisando a lo lejos aquel árbol seco y esquelético. Tomó una roca y la lanzó. Dio un golpe sólido en la base del tronco y gritó:

— ¡¡¡CORTEN ESE MALDITO ÁRBOL!!!

...

Una vez más, llegó la oscuridad. Los padres de William le despidieron con el beso de las buenas noches. Él no hablaba mucho con ellos, pero tal vez, esa sería la oportunidad para hacerlo.

Al apagar la luz y proceder a cerrar la puerta, escucharon hablar al chico:

— ¡Mamá..., papá! —dijo con voz suave, como quien dice un secreto.

— ¿Qué ocurre hijo? —replicaron casi al unísono encendiendo la luz.

Ambos se sentaron uno a cada lado de la cama.

¡La oscuridad le da ojos al armario de la abuela! —dijo señalándolo.

—Eso es imposible, tesoro —señaló su madre—. La oscuridad no tiene vida ni puede dar vida.

—Entonces, ¿por qué el armario me mira en la oscuridad? —demandó el niño.

Su padre, dirigiéndose al armario y abriendo ambas puertas, exclamó:

¡OJOS! —bromeó— Es solo Honey, tu oso de peluche —remató entre risas— ¿Recuerdas que la tía Ann te lo regaló hace un año antes de... subir al cielo? —concluyó con voz apagada.

Su madre, al ver aquel oso de peluche de ojos saltones y sonrisa de medio lado, completó casi atropelladamente:

— ¡Cariño! —dirigiéndose a Will—, olvidé decirte que esta mañana lo saqué debajo de tu cama y lo coloqué allí. Estará mejor en el armario.

—Bien —dijo su padre cerrando las puertas del armatoste—, aclarado el asunto; ya puedes dormir tranquilo.

— ¡Sí! —exclamó el chico— Pero antes —continuó—, léeme un cuento.

Su padre tomó un libro blanco de la mesita de noche y procedió a leerlo. Algo relacionado con un niño y un lobo, mientras, su madre, le acariciaba una de sus cejas para acelerarle el sueño. William, en cuestión de minutos, se quedó dormido.

Luego, apagando la luz, salieron del cuarto hablando en susurros de la imaginación de un niño de ocho años.

La noche en todo su esplendor abrazó a William, arropándolo entre sus sábanas que reflejaban la blancura en su delicada faz. El lugar quedó en un acogedor silencio. Ya nada parecía tan sombrío en el espacio. La rama seca de aquel árbol sólo era eso, una rama seca. Su lámpara de la mesita ya no era aquel duende que yacía parado, amenazante. Ni sus pantuflas de conejos parecían tarántulas de dientes afilados.

El aire frío se coló suavemente por la ventana haciendo oscilar las delicadas cortinas cerca de la cabecera de la cama del inocente niño, llenando de tranquilidad la habitación. En aquel momento todo, todo cuanto rodeaba a William hubiese quedado sumergido en el sedativo silencio de la noche de no haber sido por el repentino y escalofriante rechinar de la puerta del armario, siendo abierta por aquel oso de peluche de ojos saltones y sonrisa de medio lado.